En los últimos años he ganado mucho en autoestima, sobre todo en lo que respecta a mi físico. Finalmente, he comprendido que tengo algunos defectos que son objetivamente feos (como mi dentadura, que espero solucionar algún día, si los bancos tienen a bien darme otro crédito) y otros que obedecen a mi propia subjetividad, como mis coloretes, mis ojos o mi pelo rizado.

Y también he comprendido que hay bastantes personas que le otorgan al físico bastante menos importancia de lo que yo pensaba. Sobre todo, entre las mujeres.

Todo esto y el haber ajustado mi peso a 75-78 kilos, ha hecho que los complejos físicos hayan desaparecido casi por completo a la hora de conocer chicas. Pero siempre hay un “casi”.
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Sabréis todos que mi adoración por Jennifer Love Hewitt hace que siga todos sus trabajos, independientemente de la calidad de éstos. Ghost Whisperer (en España conocida como Entre Fantasmas) es la típica serie que jamás seguiría si no fuera porque ella es la protagonista. En realidad, aparte de ésta no sigo ninguna serie, puesto que no veo la televisión.

El último capítulo de la tercera temporada, que he visto hace poco (si, voy “algo” retrasado), ha sido el detonante involuntario de una nueva carga negativa de complejos. En él ha aparecido cierto personaje del que no daré más detalles para no destripar el argumento. En todo caso, si veis el vídeo, sabéis un poco de inglés y sois seguidores retrasados de la serie, os arruinaréis la sorpresa de los últimos capítulos de la tercera temporada. El que avisa no es traidor:

http://www.megaupload.com/?d=1UI2AD06

El personaje se llama Paul Eastman, aunque yo simplemente lo llamaría El Hombre. Así, con mayúsculas.

Sí, sé que es una apreciación subjetiva, pero no tengo palabras para describir semejante belleza. Quizá no sea objetivamente tan guapo como lo era mi compañero de pupitre o David Conrad, que interpreta al marido de Hewitt en la serie. Pero el atractivo masculino que emana de él sobrepasa todo límite. Puede que no conozcas nada de su vida, pero enseguida sabes que alguien así tiene que ser un triunfador. Lo dice su sonrisa y lo dicen sus ojos. Nada de padres alcohólicos, nada de acoso escolar, nada de miedo a las mujeres. Transmite la esencia pura de macho alfa. Tiene un montón de amigos, los jefes lo aprecian y sería capaz de venderte la estatua de Colón a plazos, si se plantara en tu casa con esa intención. Sería un hombre del que, si yo fuera mujer, me enamoraría de modo absoluto, incondicional e incluso enfermizo.

Pero perteneciendo al sexo masculino, su mera existencia hace que me considere indigno del amor de una mujer. ¿Quién va a entregar toda su pasión por un plato de garbanzos, sabiendo que existe semejante manjar? Si mi pareja fuera el amor de mi vida y se interpusiera entre nosotros un hombre así, no plantearía la menor resistencia. Me parecería de una lógica aplastante que ella se sintiera irresistiblemente atraída por él. Observad el vídeo e imaginad qué pareja tan estéticamente perfecta formarían Jennifer y él.
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Lo que me lleva a una certera conclusión. Poco importa el machaqueo constante de esa idea políticamente correcta que reza “lo importante es el interior”. Poco importan años de trabajo con los complejos, que están llegando a un feliz desenlace. Llega un hombre atractivo y te lo echa todo abajo con sorprendente facilidad.
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P.D.: He buscado en IMDB el nombre del actor y me he llevado una sorpresa: es nada más y nada menos que Colin Nemec, el protagonista de aquella fantástica serie juvenil de culto llamada –en España– Parker Lewis Nunca Pierde. Hay que ver cómo ha crecido y cómo ha mejorado el mozalbete. Ése sí que es un buen vino.

Después de la historia de la muñeca, incluiremos otra entrada plena de guarreridas españolas y daremos por finalizado el tema, que uno tiene que mantener su reputación de asexual.
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Mucho antes de que entraran en escena los canales por cable, en la época ochentera en la que recibir la señal de algún satélite europeo era un lujo al alcance de unos pocos, la única alternativa que teníamos los pobres mortales de ver vídeos musicales modernos era confiar en lo que nos pusieran a disposición las cadenas generalistas. Lo que consistía, fundamentalmente, en migajas.

Normalmente, la televisión pública española tenía un solo programa semanal dedicado a rock/pop, ya fuera Tocata, Rockopop (originalísimo nombre) o ese espacio que repasaba la lista de los discos más vendidos y que estaba presentado por un adulto bigotón y una adolescente, en un extraño ejemplo de parejita lolicón. Eran aquellos tiempos en los que el grupo de ¿metal? Europe acaparó el número uno de ventas durante muuuuuchos meses. ¿El año 1986, quizá?

En cualquier caso, ahí se acababa el abanico de espacios musicales. Naturalmente, tenías también rarezas como Gente Joven, Jazz Entre Amigos o algún que otro espacio presentado por Carlos Tena.

Sin embargo, RTVE tenía derechos sobre una infinidad de videoclips que habrían saturado un par de programas diarios. ¿Qué hacían con ellos? Lo más miserable: usarlos como relleno.
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Acontecimientos puntuales aparte (bodas, homenajes, funerales…), el único espacio del que se sabía su hora de comienzo, pero nunca la de conclusión, había que buscarlo en el deporte. Y no podía ser otro que el ciclismo.

El Giro de Italia raramente se retransmitía en directo; pero Televisión Española no faltaba a la cita de la Vuelta y el Tour de Francia, especialmente a partir de la época Delgado. Y como propina, a veces te regalaban alguna competición secundaria.

No voy a decir que no me gustara el ciclismo; más bien al contrario, lo disfrutaba plenamente, sobre todo en las etapas de montaña y cuando había algún español implicado. Dar rienda suelta al patriotismo puede que no sea muy inteligente, pero despierta emociones primarias bastante gratificantes.

Pero, sinceramente, lo que estaba deseando era que los directores de equipo dieran caña a sus pupilos y la etapa se acabase cuarenta y cinco minutos antes del horario previsto. Eso significaba que el segundo canal se encontraba con un hueco vacío en la programación. ¿Y a qué recurría para rellenarlo? A su ingente archivo de videoclips, por supuesto.
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¿Creíais que yo era un melómano? Para qué negarlo, sí. Pero lo que yo tenía en la cabeza aquellos púberes años, más que arte, era sexo. Y una gran parte de los clips de la época tenían, por defecto, que incluir tías buenas. A eso esperaba yo: a que salieran chicas vestidas con algunos de mis fetiches. Y no era infrecuente.

Aquel día, ya me calentaron la tarde con un vídeo de rock en el que aparecía una vaquerita con minifalda y botas blancas. Cuando ya parecía que iba a acabar mi media hora de solaz y tendría, pues, que poner el broche a mi sesión de zambomba con la traca final, apareció Samantha Fox.
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Y el caso es que Sammy no entraba ni de lejos en mis parámetros de belleza femenina. Rubia, ojos azules, demasiado tetona… tenía un póster de ella en top-less en la habitación, pero solamente “para figurar”. En uno de esos fenómenos de milagrosa conversión (efectos y mezclas de sonido mediante), la Fox pasó de la mundialmente famosa página tres del Sun a ser cantante de un cierto éxito, efímero en todo caso. Y como parte del proceso de marketing, estaban los videoclips. Éste de aquí debajo es que vi aquella tarde: “Naughty Girls (need love too)”.

Importante disclaimer: este clip contiene bailes, vestuarios, sonidos y actitudes claramente ochenteros. Su visualización puede producir daños importantes e irreversibles en la estructura neuronal e incluso pérdida de masa encefálica, por evaporación. No me hago responsable de nada de lo que a continuación os suceda, si pulsáis en el triangulito de “PLAY”. No es necesario verlo para seguir el post, aunque –eso sí– salen tíos buenos enseñando pechamen.

La primera parte del vídeo la contemplé con un marcado aburrimiento: la Fox con vaqueros y chaqueta de cuero, aparte de las consabidas Chuck Taylor. Pero a continuación, apareció con un sombrerito negro y un presentimiento se apoderó de mí: Sammy va a vestirse con fetiches. Y no me equivocaba: en la segunda parte, faldita negra plisada, botas y medias del mismo color que dejaban a la vista apenas un par de centímetros de sus muslos (bastante más, cuando daba un giro sobre sí misma). Lo suficiente como para ponerme de un palote que casi dolía.
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Dicen que el récord mundial de distancia alcanzada con una eyaculación está en torno a los dos metros. Esa tarde, puede que incluso lo superara. Aquello salió disparado con una violencia tal, que todavía estoy oyendo los gritos de los nietos de mi madre, tras verse impulsados por semejante catapulta.

Al final, no me presentaré ante San Pedro con la marca de haber factorizado un número de diecisiete cifras en pocos segundos; o habiendo ascendido los diez picos más altos del mundo con una mano atada a la espalda; o habiendo visto todas y cada una de las ediciones de Gran Hermano.

No, lo más cerca que habré estado de un récord mundial, habrá sido por una jodida paja.

Mi línea ADSL está fuera de combate, así que sólo puedo escribir unas breves líneas (lo que da de sí la conexión GPRS del móvil) comentando el estreno de una nueva bitácora dedicada a anécdotas, vivencias y gilipolleces varias en la carretera. Por supuesto, será un blog de tono bastante más distendido que éste, donde a menudo doy rienda suelta a mis neuras y manías particulares.

Dado que no quiero que, desde el otro, se llegue a éste, evitaré cualquier referencia incluso de enlaces. Por tanto, tendréis que teclear la dirección manualmente. ¿Os habéis fijado cómo están construidas aquí en WordPress? Sí, ahí arriba lo podéis ver: nombredelblog.wordpress.com. Pues bien, sólo tenéis que sustituir el “recuerdosdecrates” por lo siguiente, escrito al revés:

levonorenoimac (parece una lista de regalos de Santa Claus: “quiero un Lenovo, un reno y un iMac”).

Ya hay una entrada; pensaba añadir un par de ellas más este fin de semana, pero la caída de mi conexión ha desbaratado mis planes y los que tenía para este blog actual (también otro par). En fin, como ya he terminado con la serie en la que he estado trabajando los últimos tres o cuatro meses, en el futuro tendré más tiempo para mis bitácoras.

Allá por el año 2002, Clara y yo aún estábamos en la fase de amistad. Profunda y sincera, pero sin “nada” más. Obviamente, nuestros amigos comunes, pese a que tenían una mentalidad tan liberal (con perdón) y avanzada como la nuestra, imaginaban que había algo entre nosotros. Una amistad cercana entre una mujer y un hombre, en pleno siglo XXI, seguía y sigue viéndose en España como algo a investigar por Íker Jiménez.

Nosotros, en plan de cachondeo, dábamos pábulo a los rumores paseando abrazaditos por la calle y realizando acciones romanticonas similares, mientras por lo bajinis nos moríamos de risa. Aquel otoño, dimos una vuelta más de tuerca al asunto, acudiendo juntos a la boda a la que me había invitado una vieja amiga y que se celebraba en su ciudad natal, a orillas de un caudaloso río. Pondré una foto de la preciosa y varguardista iglesia donde se celebró el enlace:

Iglesia sui géneris

Iglesia sui géneris

Pero el fin de semana era largo, así que el sábado acudimos a visitar mi adorado Monasterio de Piedra (esta pista es más reveladora), lugar paradisíaco que espero recorrer algún día junto al amor de mi vida. A la noche, acudimos al hotel que nos había reservado Antonia (nombre que daremos a mi amiga en vísperas de contraer), para más detalles a una habitación doble. Y es que se daba por hecho que, si alguien acudía acompañado, tenía que ser con su pareja.

Con 28 años, era la primera vez que iba a dormir con una chica en la misma habitación. Y no éramos novios. Con nuestra confianza habitual, Clara me dijo que me podía despedir de mi masculinidad (vía plantillazo) si osaba tocarle algún centímetro cuadrado de su blanca piel.

Yo me lo creía y, es más, no tenía absolutamente ningún problema en cumplir tan ridícula exigencia. Partiendo de que Clara:

– Era mi amiga y no mi novia.
– La respetaba.
– No me atraía ni sentimental ni sexualmente (a pesar de su 115 de perímetro torácico).
– Aunque se hubiese cumplido cualquiera de los dos supuestos anteriores, propasarme con ella me habría parecido el colmo de la mezquindad: algo propio de un macho ibérico salido, exactamente el último tipo de subespecie a la que me gustaría parecerme.
– Y poniéndonos en lo peor, de haber sido un M.I.S, tampoco me habría atrevido.

Así pues, me puse los tapones para los oídos, me metí en mi cama mirando hacia la ventana y dormí de un tirón, debido al cansancio de la excursión por las lindes del río Piedra y sus cataratas aledañas.

A la mañana siguiente, al despertarnos, Clara mostraba una actitud de satisfecha estupefacción. No se podría creer que no hubiese intentado nada con ella: se maravillaba de que aún existiera un chico como yo. “Pero si tú me lo pediste”, aduje ingenuamente. “¿Y?”, sentenció ella.

Aquel día, añadí otra piedra de gran tamaño a ese edificio mío llamado “desubicación”. ¿Qué tenía yo en común con el hombre latino habitual, aparte de un cromosoma XY? ¿Cómo podíamos extraer lecturas tan diferentes de un mismo hecho? Lo que para mí habría sido vulgar, obsceno, inconcebible e irrespetuoso, para ellos era lo normal: si una chica y tú dormís en la misma habitación de un hotel, es mandatorio desenvainar el sable. Sin que importe el tipo de relación que se esté manteniendo.

Nunca me preocupó no pertenecer a esta caterva de indeseables. E incluso, cuando salió a la luz el caso del “pagafantas” y los comentarios desdeñosos e insultantes que Alberto (destinatario del mote) recibió por parte de los susodichos, me sentí orgulloso de compartir con ellos nada más que un desagradable órgano que cuelga entre las piernas. Cerebro, lo llaman ellos.

Lamentamos interrumpir brevemente esta narración de la vida de Crates para informar de un hecho puntual.

Hoy, tres de julio de 2009, he experimentado un flechazo. De los gordos.

He tendido siempre a ser escéptico con esa idea del angelito mofletudo y su ristra de flechas. Uno veía la escena del gimnasio de West Side Story (película de culto de mi padre y que, con los años, he ido apreciando más y más), en el que los protagonistas se enamoran al primer vistazo y, como buen romántico, la adoraba; pero pensaba que eso era cosa de películas y de novelas rosas. No ocurría en la realidad.

Que no, dice.

Ha sido en la estación de servicio de Ugaldebieta, en las afueras de Bilbao. Estaba en la barra tomando un café con hielo después de comer cuando, quizá cansado de la perspectiva de estanterías de botellas y carteles de “no se cambian billetes de 200 y 500 euros”, me he dado la vuelta. Allí estaba ella. Y su novio.

Ciertamente, no he sido muy recatado. No había nada interesante que ver en esa dirección, así que supongo que ella habrá notado que, en la barra, había un “currante” (pues de eso voy vestido) que no apartaba la vista de ella.

Pelo y peinado increibles; nada que ver con las tendencias femeninas actuales, lo que acentuaba su atractivo. Ojos grandes, negros, vivos, con leves bolsitas inferiores que hacía que se cerraran un poco al sonreír y completamente al reír (me vuelve loco esa particularidad). Boca perfecta, maravillosa. Rostro pequeño (como ella), de líneas suaves y sin un trazo de agresividad. Y su gestualidad era encantadora. Si hubiese tenido las cejas un poco menos arqueadas (soy un fetichista de esa zona), le habría dado casi la misma puntuación, en físico, que a Jennifer Love Hewitt. Por cierto, de cuello para abajo era un clon de ella. No es que le dé mucha importancia –cuando veo una carita como ésa, me olvido de todo lo demás–, pero nada que objetar al respecto.

En fin. Exprimí todo lo que pude la contemplación de ese maravilloso ser, aguantándome al tiempo las lágrimas que pugnaban por salir a la superficie, y me pasé el resto del viaje emitiendo suspiros a intervalos regulares.

Analizando objetivamente la cuestión, he podido constatar por enésima vez que la teoría de los “mapas de amor” de John Money sigue acertando en mi caso particular. Porque Sandra (llamémosla así) tenía algo en su rostro que me resultaba familiar. Y al poco, me llegó la respuesta: era ni más ni menos que mi primo Armando, en versión femenina. Armando, que a la sazón tiene 19 años, es el único hijo de mi tía Paola. Y mi tía Paola, como expliqué en “Mis Primeros Amores”, es el armazón de mi chica ideal: mi love map.
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Radio Clásica quiso participar en esta mi pequeña fiesta de la felicidad y me regaló una tarde entera de música del Romanticismo que, casualmente, a mí me transmite emociones totalmente románticas. Llegando a casa, como colofón, emitió una pieza de un musical de Leonard Bernstein que, por esta vez, no era la ya mencionada West Side Story. Desactivé adrede mi chip “no quiero entender el inglés de las letras, por si deja de gustarme la canción” y volví a constatar otra sospecha.

Casi siempre que escucho la letra de una canción de amor anglosajona (especialmente en mis adorados musicales de la primera mitad del siglo XX), me sorprendo a mí mismo afirmando con la cabeza. Así es, efectivamente, como a mí me llega ese sublime sentimiento. Cuando Tony canta en “María”, de West Side Story:

“The most beautiful word I’ve ever heard”

No puede expresarse de mejor manera: el nombre de la persona a la que amas se convierte, automáticamente, en la palabra más bonita del mundo.

Y sin embargo, tuve la “suerte” de escuchar música en español durante casi un año entero –en la radio de cierto trabajo– y las canciones de amor latinas no me provocan ni de lejos unos sentimientos semejantes. Incluso saliéndonos del asunto de los textos y yéndonos a la música clásica instrumental, me pasa igual con los compositores. Adoro a los románticos nórdicos, alemanes, estadounidenses, rusos, incluso franceses… pero no hay italiano que me llegue al corazón con sus acordes y melodías (con alguna notable excepción, como mi adorado Ottorino Respighi). Ni, por supuesto, los españoles, que siempre tienen que meter alguna nota folclórica en sus sonatas, conciertos o sinfonías.

¿Habré nacido en el puto país equivocado? ¿En una tierra donde se considera el verano la mejor época para las cuestiones del corazón, cuando a mí el jodido calor me apaga por completo? ¿Por qué tengo la sensación de que aquí sobra sexo y faltan sensibilidad y sentimiento? ¿Por qué me siento tan fuera de lugar en esta civilización?

What the hell I’m doing here?
I don’t belong here.
(Radiohead)

En 1994, finalmente, fui operado de mi hernia discal en el hospital madrileño de La Paz. A tal fin, mi tía Paola nos había buscado un cuchitril al lado del centro sanitario. Acabada la maniobra, mi madre y yo consideramos innecesario seguir padeciendo más miserias en ese agujero y nos trasladamos a la vecina ciudad de Alcobendas, a un piso bastante más habitable. Tenía incluso persianas en las ventanas, calefacción y un frigorífico que cerraba herméticamente.

Esto tenía un precio, claro. La gracia nos salía por unas veinte mil pesetas extras al mes. A eso se unía el que ya no dispondríamos de la pensión de la abuela (que se irían, abuela y pensión, a vivir definitivamente con Paola). De este modo, buscando liquidez para llegar a fin de mes, comenzaron nuestras aventuras con la compartición de pisos. Práctica normalmente prohibida en el contrato de arrendamiento; un documento del que siempre hemos pasado olímpicamente.

El primero de los invasores de nuestra privacidad fue temporal: un hombre maduro y canoso que creo sospechar que estaba por mi madre. Vano propósito: sus posibilidades de montárselo con un pez raya en celo eran significativamente más elevadas. Encontrado domicilio a los pocos días –acababa de divorciarse y estaba sin techo–, pagó y desapareció de nuestras vidas.

Poco después llegó Mohammed, al que llamaremos “Mo” para abreviar.

Mo, de treinta primaveras, era natural de Irán. Naturalmente, era barbudo, de quemada tez, nariz aguileña, hundidos ojos e irascible gesto; islámico radical de cinco rezos diarios (incluido el de madrugada) y portador permanente de su correspondiente canto rodado, por si se terciaba lapidar a alguna adúltera que se pusiese a tiro.

Y naturalmente, el párrafo anterior es un topicazo. En realidad, Mo parecía mucho más brasileño que persa: a pesar de que, para mi gusto, su sonrisa era algo tonta, es innegable que poseía un gran atractivo masculino. Por otro lado, era más o menos igual de religioso que mi madre: cero coma cero, como en cierta publicidad de cerveza “sin”. Mo acababa de pasar por un proceso de separación similar al de nuestro anterior huésped. En su caso, algo más traumático: llegó a considerar la opción del suicidio.

Mo trabajaba de gerente de una pizzería de la que –en secreto– echaba pestes. Incluida la calidad de sus productos. Cierto día, según confesión propia, se acercó a la olla donde se estaba cocinando la masa (!) y, tras oler el mejunje, se dirigió airadamente al cocinero de turno: “Esta masa está mal, huele fatal”. El aludido realizó la misma operación ingenieril, arrugó el gesto y confirmó: “¡Es verdad!”. Y procedió a deshacerse de ella, ignoramos si ecológicamente o no.

Aparte de saber a qué establecimiento hostelero no acudir jamás, salvo que nos invadieran sentimientos suicidas comparables a los de Mo, su presencia en la tercera habitación del piso sirvió para desatar los habitualmente aletargados instintos amorosos de mi madre. Por supuesto, no estoy hablando de nada romántico: debe de haber muy pocos albañiles hispánicos que posean un índice menor de romanticismo que la dama que me dio a luz. Ya de pequeña escupía en los folletines rosas para muchachitas, para volver a sus lecturas predilectas: El Guerrero del Antifaz y Hazañas Bélicas.

No, era pura y llanamente atracción sexual. Quería pasárselo por la piedra hasta que cayera rendido. Por aquel entonces, mi madre tenía cincuenta y dos años físicos, aparentaba cuarenta y mentalmente rondaba los treinta. Mo era, físicamente, el tipo de hombre que la ponía a cien.

Pero no hubo forma de llevar a cabo esta particular Pasión Turca: él no la veía más que como una amiga. De hecho, después de haber recogido los pedacitos de su corazón y recomponerlo de forma más o menos presentable, Mo hizo uso de la bala que tenía guardada en la recámara desde los tiempos universitarios en su país natal: una señorita de la nobleza iraní que llevaba muchos años colada por sus bien formados huesos.

Y a fe que así era: apenas pasaron dos semanas entre la conferencia telefónica a cierto palacete persa y la llegada al aeropuerto de Barajas de Sherezade, a la que llamaremos She (ya que estamos con las abreviaturas).

She trajó consigo una considerable colección de joyas y abalorios, amén de vestuario como para vestir a un harén completo, que introdujimos a presión en la habitación de Mo. Aunque, siendo un ser olfativo como soy, lo que más recuerdo es su olor. No era ni desagradable ni lo contrario: simplemente exótico. Flagrancias desconocidas que me hablaban de un país increíblemente lejano.

No sólo en los aromas. She hablaba un inglés aún peor que el mío y de la boca de mi madre no salía otra cosa que castellano del barrio de Las Ventas. Pero el choque cultural vino por otros detalles más rocambolescos, por denominarlos de algún modo.

En el fregadero de la cocina. Sí, ahí mismo descubrió mi madre a She, lavando la ropa interior. Si eso era lo habitual en una mujer de alta cuna, qué no se vería en los barrios obreros.

El accidente de motocicleta que sufrí en el año 2001 borró algunos de mis recuerdos de los años noventa; entre ellos, las posteriores peripecias de Mo y su voluminosa pretendiente (sin estar objetivamente gorda, tenía agarraderos a discrección). Que, en cualquier caso, no duraron mucho. Mo ya se había habituado a la cultura española y no estaba dispuesto a aguantar los potingues con los que She embadurnaba su epidermis, así como los que llevaba dentro del cráneo. Sobre todo, cuando sabía que su atractivo natural le proporcionaría abundante material nacional, bastante menos ostentoso pero más apetecible y liberado. Y así fue como, finalmente, la despechada dama volvió a Medio Oriente, el moreno galán se buscó las habichuelas –laboral y sentimentalmente hablando– en otro lugar de nuestra geografía y la tercera habitación volvió a quedarse sin huésped.
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Mi madre no volvió a meter hombres en casa.

Mancuerna y yo teníamos un detalle en común: en la misma época en la que ellos se burlaban de mi precocidad con las chicas, pasaba otro tanto con él. A Mancuerna se le veía frecuentemente con una pequeñuela rubia, flacucha y de pelo rizado llamada Clara. Lo que, por supuesto, provocó el lanzamiento de la correspondiente tonadilla:
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Marcuerna y la Clara
se van a casar,
Mancuerna y la Clara
se van a casaaaaaar.

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(Apréciese el “la” paleto anteponiendo al nombre propio, que incluso se me llegó a pegar, para horror de mis padres).

Casi nadie sabía el nombre de pila de Mancuerna: su apellido era tan llamativo (obviamente, no era “Mancuerna”, una mera improvisación mía) que todo el mundo lo llamaba así. De hecho, sólo puedo recordar que su nombre era una de esas monótonas combinaciones de “José” o “Juan” para la primera parte y “Manuel”, “Antonio” o “María” para la segunda: el típico nombre castellano aburrido que no pondría a un hijo ni aunque se amenazase con quemarme el vello púbico.

Mancuerna era muy bajo. Si ha llegado al metro sesenta de adulto, habrá podido darse con un canto en los dientes. Sin embargo, su complexión física era fuerte y sus rasgos faciales algo adultos, lo que unido a su humor inteligente y cierta madurez, acentuaba la sensación de encontrarse ante un enano en vez de un niño.

Pertenecía a una familia muy acomodada: su padre trabajaba en la construcción, cuando aún era una actividad respetable. La casa se la había construido él mismo, una maravilla de dos pisos con el taller debajo. Cuando todos teníamos bicicletas BH o GAC normalitas, Mancuerna tenía una Rabasa con cambio. Nada que ver, por supuesto, con los que se ven ahora incluso en las bicis de montaña del Carrefú: era una palanca de cambios aparatosísima, apenas algo más pequeña que la de un coche, que permitía escoger entre dos piñones. Pero a nosotros nos parecía un lujazo. Poco después de eso, le compraron nada más y nada menos que una motocicleta Derbi FD refrigerada por agua.

En contrapartida a todas estas comodidades, el ambiente en su casa era de un estricto que asfixiaba. Siendo mi educación bastante mejor que la de los chicos de mi entorno, Mancuerna aún tenía miedo de llevarme a su casa. Cuando por fin se decidió a hacerlo, se tiró media hora instruyéndome sobre el protocolo a seguir con su padre: modos de saludo, de conversación, de despedida… llegó a acojonarme un poco, la verdad.

La entrada, el pasillo, el salón… todo estaba ordenado e impóluto como el Palacio de la Zarzuela en jornada de visita de un mandatario extranjero. Una fiesta de cumpleaños ahí dentro, con sus panchitos rodando por el suelo, los cojines de los sillones utilizados como armas arrojadizas y la Coca-Cola manchando las cortinas, parecía tan inconcebible como un concierto de los Sex Pistols en un monasterio tibetano.
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No puedo imaginar lo que habrían exclamado los padres de Mancuerna si hubieran sabido de las andanzas del menor de sus hijos allende las lindes de ese reformatorio prusiano. Para empezar, estaba tan salido como todos los de su edad. Los mayores, de vez en cuando, nos dejaban revistas pornográficas (casi siempre, las populares LIB de los años ochenta, aunque de vez en cuando caía alguna Private: puro lujo) que guardábamos con celo y adorábamos como objetos sagrados.

Y en los anuncios en blanco y negro que jalonaban sus páginas, Mancuerna encontró al fin la solución a sus crecientes necesidades de sexo: una muñeca hinchable.

Debía de costar unas siete u ocho mil pesetas (al cambio actual, sobre los 40-50 euros). Naturalmente, era de las baratuchas; pero nosotros nos creíamos que iba a ser como la foto del anuncio. Que, considerando la época, sería similar a ésta:

Modelo erótica ochentera

Modelo erótica ochentera

La realidad que nos habían empaquetado en Barcelona, sin embargo, se acercaría más a:

Estoooo... "cosa"

Ejem.

Y digo “nos habían” porque, efectivamente, la llegamos a pedir. Por eso me necesitaba Mancuerna: por obvias razones, no podía dar su dirección postal. En el peor de los casos, que era que nuestos progenitores descubrieran la estratagema, nuestras vidas corrían bastante menos peligro si se trataba de los míos. A cambio, Mancuerna me permitiría compartir ayuntamiento carnal con nuestra nueva novia de goma. Por supuesto, el gasto corría de su parte.

Confiábamos, no obstante, en la discrección que prometían los del sex-shop. Vana esperanza. Supongo que, en el paquete contra reembolso que fue a recoger mi padre a Correos, pondría claramente:

MUÑECA HINCHABLE

Que a la postre fue la razón de que el paquete volviera a Barcelona y nos quedáramos sin muñeca. Por fortuna, porque estoy seguro de que Mancuerna se habría arrepentido de haberse gastado semejante dineral en un balón de Nivea con remotas formas femeninas.

Recibí una pequeña reprimeda de mi padre, pero yo estaba estúpidamente preocupado por otra cosa. No hacía más que pensar en los vendedores de muñecas hinchables, consoladores Bully (no fallaba, ese modelo lo vendían todas) y fabulosas cremas para mantener la erección. Les habíamos encargado un artículo y se lo habíamos devuelto, así que habían gastado sellos para nada.

El sentimiento de culpabilidad me duró bastante tiempo y aún me asalta cada vez que alguno de estos artilugios (cada vez más sofisticados, tengo que apuntar) asoma a la pantalla del PC.

Muñeca hinchable algo más trabajada

Muñeca hinchable algo más trabajada

(Esta entrada llevaba mucho tiempo escrita, pero me resistía a publicarla porque quería adornarla con las correspondientes fotos. Pero éstas se encuentran metidas en una caja sita en algún punto indefinido de ese ejemplo práctico del Síndrome de Diógenes que es es nuestro trastero. Ilocalizable, en una palabra. Si os pica la curiosidad, os tendréis que conformar con Google Imágenes. Aunque en mi colección personal ella salía mucho mejor, dónde va a parar).
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Arrancaba el verano del año 1991. En aquellos tiempos, para variar, la cadena española de televisión Telecinco hacía ostentación de su notoria mediocridad. En su programación, seguía la filosofía Mama Chicho: la presunción implícita de que el espectador medio tenía un cociente intelectual parejo al de un cortauñas sin lima.

Entre sus gloriosas aportaciones a la historia de este medio de comunicación, se encontraban las galas. Telecinco aprovechaba cualquier nimia excusa para montar una gala. Estos eventos consistían, a grandes rasgos, en un batiburrillo de actuaciones musicales, números de humoristas, chicas con poca ropa y guiones estúpidos encomendados a un par de presentadores guaperas.

“Desde Palma con Amor” no era más que una gala que se repetía cada fin de semana, durante el período estival. Sin embargo, introducía una importante innovación que la distinguía, por méritos propios, de todas las demás galas: tenía cuatro presentadores, en lugar de dos. A saber:

- Andoni Ferreño, aspirante a actor que acababa de ser arrancado de las garras de la ínclita Carmen Sevilla y su Telecupón.
- Norma Duval, rara avis en el mundo del espectáculo por ser de derechas y reconocerlo públicamente.
- El humorista José Viyuela, en pleno proceso de conversión de personajillo olvidable de los sketches de Cajón Desastre, a personajillo algo más trascendente en la escena del humor e incluso la interpretación.

Y una chica de 19 años de la que no se sabía nada. Como no podía ser menos y siguiendo las normas Mama Chicho imperantes en la cadena amiga, lucía para sus labores de presentación diversos modelitos ceñidos y muy escasos de tejido, lo que ponía de manifiesto la extraordinaria longitud de sus piernas (medía y mide 173 cm, la única excepción a mi predilección por las chicas pequeñas). Pero lo que más me llamó la atención fue su carita. Bellísimos ojos, largo pelo negro, sonrisa turbadora… todo lo que me volvía loco. Y se llamaba Arantxa del Sol.
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Si Ferreño había escapado del Telecupón, Arantxa provenía de El Precio Justo, ese bodrio glorificador del consumismo que conducía Joaquín Prat. Y no fueron a parar a un sitio mucho mejor; aunque, dada la calidad general de la caja tonta por aquellos tiempos, tampoco se podía aspirar a mucho más que a “Desde Palma con Amor” y “¡Vivan los Novios!”: un concurso que pretendía ejercer de agencia matrimonial y que, incluso, tuvo como concursante a un desconocido y ávido de financiación Santiago Segura.

Pues bien, por increíble que parezca, me tragué todos los ¡Vivan los Novios!, del primero al último. La causa, como todos ustedes adivinarán, se llamaba Arantxa del Sol. Estaba absolutamente colado por ella. O más bien, de la persona que había construido a partir de su físico.

No contento con eso, comencé a coleccionar compulsivamente cualquier material relacionado con ella. Más o menos lo que hago ahora con Jennifer Love Hewitt, pero a bastante menor escala (y es que internet hace milagros). Cierto día, llegó a mi conocimiento que había posado para la revista Interviú, ¡nada menos! No tenía ninguna esperanza –ni interés– de que lo hubiera hecho sin ropa, pero me bastó para acudir a la misma calle O’Donnell donde se hallaba la sede del Grupo Zeta y pedir que me consiguieran ese ejemplar atrasado. Estaba dispuesto a suplicar, pero no hizo falta. Parece ser que no era el primero.

Pero el ser humano siempre quiere más. Y si el pueblomierda distaba sólo cuarenta kilómetros de los antiguos Estudios Roma donde se grababa el programa, ¿por qué no intentarlo? Ni corto ni perezoso, me apunté en la agencia donde se contrataba al público que acudía a los programas de televisión. Todo fue mucho más sencillo de lo que esperaba. Y, por fin, el día seis de mayo de 1992, coincidimos ella y yo en el mismo plató.

Con dieciocho años, mi habilidad y ánimos a la hora de entrar a una chica seguían siendo tan nulos como el saldo de mi cuenta corriente, así que el acercamiento espontáneo estaba fuera de toda posibilidad. Afortunadamente, contaba con unos aliados inesperados: las únicas mujeres en el mundo que me encontraban físicamente atractivo y con las que suelo conectar muy bien: las jubiladas y pre-jubiladas. Había un grupillo de ellas que ya tenían callos de tanto aplaudir en este tipo de programas y que, durante un descanso del rodaje, simpatizaron con mi romántica causa. Así pues, con una alarmante naturalidad, llamaron su atención:

– “¡Arantxa! Ven por aquí, que tienes un admirador.”

Y ella acudió. Inmediatamente, se produjo una improvisada competición entre mi epidermis facial y mi corazón, a ver quién adquiría antes un color rojizo intenso o acababa por salírseme del pecho, respectivamente. Creo que ganó el corazón, por unas décimas de segundo.

Mientras mi víscera se iba corriendo entre los cables de las cámaras, mis temblorosas manos acertaron a sacar una arrugada foto suya de la cartera, para que pudiera firmarla. Mientras lo hacía, mis nervios hicieron que metiera la pata, para no perder la costumbre. Es algo tan vergonzoso que ni siquiera lo reflejaré aquí, así que prefiero quedarme con el bonito recuerdo de los dos besos que le di. Uno por mejilla, que diría Sabina.
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Pero era un amor platónico y, como tal, destinado a extinguirse en cuanto la personalidad real del ser amado comenzara a imponerse sobre la soñada. Así pasó con Arantxa del Sol: ella, o al menos su imagen pública, no era el prototipo de carácter que buscaba en una chica. Aún así, recuerdo con cariño que ha sido la culpable del segundo sentimiento más fuerte que he sentido jamás y, en una entrevista que he leído últimamente, me ha sorprendido por su inteligencia y madurez. Arantxa del Sol (Madrid, 1972) está casada y tiene dos hijos.
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Y aprovechando la omnipresencia de Beverly Hills 90210 en la década de los noventa, me voy a marcar una aplicación práctica de esa teoría de los “seis grados de separación”, que podéis leer en la Wikipedia. Pues bien, durante el auge de la referida serie en España, vinieron a promocionarla dos de sus actores, Ian Ziering y Brian Austin Green. Como “chicas de compañía”, por parte de Telecinco (sí, hacían este tipo de cosas), se escogió a Inma Brunton y a Arantxa del Sol. Y parece ser que entre Arantxa y Ziering surgió un breve romance. O al menos, ésa es la teoría de siempre de la prensa amarilla: lo importante es que hubo unas bonitas fotos de ellos dos juntos, que deberían haber estado aquí debajo, de no ser por Diógenes y su síndrome. Lo que sí que tengo disponible es una foto de Brian Austin Green y Jennifer Love Hewitt (jovencita ella):

Hewitt y Green

Hewitt y Green

Así que, si yo he tenido contacto (labios-mejilla) con Arantxa del Sol, ella lo tendría con Ian Ziering (unitario, como hacen los estadounidenses), Ziering y Green se habrán tocado en algún momento de su carrera y Green habrá tenido que dar el correspondiente besito protocolario a Hewitt en la anterior instantánea… todo esto implica cuatro grados físicos de separación entre Jennifer Love Hewitt y yo. Y si eliminamos a Ziering de la cadena (Arantxa y Green tuvieron que saludarse también), se convierten en apenas tres.
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Ilusiona.

A mediados de los ochenta, después de veintitantos años de desempeño de funciones administrativas, despidieron a mi padre de la tintorería en la que trabajaba. Las causas de la extinción del contrato, como siempre, diferían según la versión que uno escuchase: a los ojos de mi progenitor, fue una injusticia esperable de una inepta, su jefa, que se encargó de la dirección de la empresa tras la muerte de su marido, primer superior de mi padre.

Por supuesto, para mi jefa y para mi madre, se ganó a pulso el despido. Por borracho y por vago.

A partir de ese momento, comenzó un peregrinaje de empleos que afectó tanto a él como a mi madre y a mí mismo, en cuanto cumplí los dieciséis años. Ciñéndonos a las ocupaciones que desempeñó mi padre, la relación es de lo más pintoresca: desde revisor de instalaciones de gas butano a vigilante de incendios y fresador, amén de otras pequeñas y modestas actividades. Como la de gigoló.

Sí, no habéis leído mal. En uno de sus períodos de inactividad, se le ocurrió una idea que podía batir el récord de lo estrafalario: ofrecerse como caballero de compañía para mujeres. Vamos, prostitución masculina pero sin sexo (aunque no creo que se hubiese negado, de haber habido propuesta en firme). Creíamos que el sentido común iba finalmente a hacerle desistir de la idea, pero no fue así: su anuncio en el periódico “Segundamano” llegó a publicarse. Y no sólo eso, sino que recibió llamadas. Desgraciadamente, una de ellas (quién sabe si la única) me pilló a mí en casa.

No creo haber pasado un momento de mayor vergüenza ajena en mis treinta y cinco años de existencia. El tono de voz con el que hablaba a esa pobre mujer madura es difícil de describir con palabras. Exageradamente dulzón, meloso, casi paródico. No acababa de creerme que mi padre considerara que ése era el modo idóneo de hablar a una mujer. Habría pagado por ver la cara de horror de su interlocutora.

Bueno, habría pagado ahora. En esos momentos, lo único de lo que fui capaz fue de correr a mi habitación a poner música bien alta, para no seguir sufriendo semejante bochorno.

El caso es que, si doy crédito a su palabra, consiguió al menos una “cita”. No sé si con esa misma víctima o con alguna otra. Que resultó ser un fracaso, porque no se volvió a repetir.

País.

La radio del vehículo de la empresa (eufemismo que uso cuando no quiero decir “camión”), cada vez que arranca éste, tiene la curiosa costumbre de escanear todo el dial y seleccionar la primera emisora que encuentre. Aquel día se sintonizó en Onda Cero y me vi escuchando, sin querer, un programa bastante divertido. En él se relataban las experiencias más o menos vergonzosas que algunos hijos e hijas ya entraditos en años tenían que sufrir por parte de madres que aún los trataban como si tuvieran cinco años.

Después de unos cuarenta y cinco minutos de espacio, tenía bastante claro que, pese a la genialidad de las anécdotas que los oyentes relataban por teléfono, la mía las superaba a todas de largo. De no haber estado en movimiento (con los problemas que suele dar para la cobertura móvil), creo que hubiese llamado al programa.
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Era un frío otoño de 1998, creo recordar. Yo tenía, por tanto, veinticuatro años. Estaba comenzando mi “etapa mangosa”, en la que me relacioné con buena parte del mundillo del fandom español aficionado al cómic y la animación japoneses, que por aquellos años comenzaba a organizarse un poco.

Eso llevaba aparejado que me apuntase a toda quedada, salón o jornadas que se celebrasen a lo largo y ancho de la geografía española. Por aquel entonces no tenía coche, sino la pequeña moto de 250 cc que usaba para mi trabajo diario en Madrid. Su tamaño y potencia no impedían que me hinchara a hacer kilómetros con ella.

El problema, como todos habréis adivinado, es que los conceptos “moto” y “madre” eran y son de complicada compatibilidad, al menos en este universo.

Las jornadas donde se produjo El Suceso tenían lugar en una ciudad castellano-manchega de la que no mencionaré el nombre, que ya estoy dando demasiados detalles. Como siempre, mi madre me recalcó en no menos de 1e+45 ocasiones que la llamase por teléfono al llegar a mi destino. Y como siempre, a mí se me olvidó. Sí, creo recordar que ya había teléfonos móviles, pero yo no disponía de ninguno.

Amigos que volvías a ver, anécdotas, comentarios de lo que se cocía en editoriales y revistas, la situación de la mailing list en la que nos habíamos conocido, incluso un poco de manga… el caso es que, entre risas y conversaciones, el día se pasó muy deprisa y se hizo de noche. Era una cafetería. Nos hallábamos reunidos ocupando varias mesas y tomando copas. En mitad del jolgorio, entraron dos policías al local.

El volumen de las conversaciones bajó un poco. Sin dirigirse a nadie en especial, uno de ellos inquirió:

– ¿Se encuentra aquí Crates Crates? (bueno, mis verdaderos nombre y apellidos)

El silencio, esta vez, se hizo sepulcral, mientras algunas miradas convergían en mi persona. No todas, porque en realidad casi no sabíamos nuestros nombres, acostumbrados a tratarnos por los nicks.

Con el hilillo de voz que caracterizaba mi aún presente timidez, llamé la atención de los agentes:

– Soy yo.

Ahora sí que sentí todas las miradas, preguntándose “¿qué habrá hecho el motero?”. A decir verdad, no era sólo los nombres lo que desconocíamos los unos de los otros, sino casi todo lo demás. Entre nosotros podía haber habido un delincuente, un psicópata asesino o incluso algún político.

De haber sabido lo que venía después, habría agradecido que se me hubiesen llevado detenido e incluso esposado, acusado de algún grave crimen. Porque lo que después soltó el maldito agente, que bien me lo podría haber dicho en privado, me hundió en la miseria:

– Su madre está muy preocupada por usted. Dice que la llame enseguida.

Sí, como lo escuchan ustedes. Había removido cielo y tierra, llamado al Ayuntamiento y movilizado incluso a la Policía Local para que me buscase por todos los sitios.

La carcajada general fue de órdago. Yo no es que quisiera que me tragara la tierra: simplemente deseaba atravesar el globo y aparecer en las antípodas, donde pudiera perderme en alguna aldea aborigen neozelandesa para no volver a ver un hombre blanco (que pudiera identificarme) durante los siguientes cuatrocientos lustros.
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Con este suceso pude comprobar las virtudes de la memoria selectiva. Ocho años después, volví a escribirme con uno de los allí presentes, que no pudo evitar mencionar la feliz anécdota. Tuvo que detallarla un par de veces, porque yo no la recordaba en absoluto: la había borrado completamente de mi cerebro. Me pregunto cuántas de ese estilo tendré dormidas por ahí en algún rincón. Espero que no despierten nunca.

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