Esto de los titulares amarillistas tiene su aquel: escribes uno y la gente se lanza en picado a pinchar el enlace.

Pues no, posiblemente no fuera el hombre más guapo del planeta. Pero sí entre los que he conocido en persona.

Curiosamente, no recuerdo su nombre. Lo llamaremos Abel. Estuvimos sentándonos uno al lado del otro en COU¹, curso que estudié durante mi estancia de 20 meses en Andalucía. Por tanto, Abel tenía de diecisiete a diecinueve años. Pese a lo cual, su rostro parecía emitir bastante más madurez de la propia de nuestra “edad del pavo”.

Abel no era especialmente comunicativo. Tampoco tímido. Ni gracioso ni antipático. Sonreía con facilidad y practicaba algún deporte. No se mostraba presumido ni altivo. Todo en él rezumaba normalidad. Menos su físico, claro.

Sus rasgos faciales eran tremendamente masculinos. Líneas rectas y maxilar amplio y bien definido. Pelo liso y muy oscuro, casi negro. Barbita de dos días que a mí me queda de puto culo y a ciertos mortales, como Abel, les daba ese toque fronterizo y varonil que a ellas suele apasionar. Pero en contraste con su morena tez, tenía un par de ojos azul aguamarina que, en el lenguaje propio de su tierra, “quitaban el sentío”.

Si hubiera de comparar físicamente a Abel con alguien conocido, sería con Mel Gibson en sus años mozos. Y al igual que el australiano, su único “defecto” recalcable era su escasa altura: no creo que superara el metro sesenta y cinco. De haber medido veinte centímetros más, estaríamos hablando de un modelo masculino de alto standing.
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¿Por qué sigo recordando a Abel? Por pura utilidad: en el universo paralelo de mi imaginación, donde todo es perfecto, me he permitido apropiarme de su rostro. Para mí. Es un universo donde no existen los complejos físicos. Donde no tendría que tapar los espejos como el que tengo ahora a mi izquierda (estúpida manía de ponerlos en las puertas de los armarios). Donde podría experimentar esa desconocida sensación, la de una mujer mirándome con deseo.
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¹ Curso de Orientación Universitaria, el último de secundaria en el antiguo organigrama educativo español.

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