En 1994, finalmente, fui operado de mi hernia discal en el hospital madrileño de La Paz. A tal fin, mi tía Paola nos había buscado un cuchitril al lado del centro sanitario. Acabada la maniobra, mi madre y yo consideramos innecesario seguir padeciendo más miserias en ese agujero y nos trasladamos a la vecina ciudad de Alcobendas, a un piso bastante más habitable. Tenía incluso persianas en las ventanas, calefacción y un frigorífico que cerraba herméticamente.

Esto tenía un precio, claro. La gracia nos salía por unas veinte mil pesetas extras al mes. A eso se unía el que ya no dispondríamos de la pensión de la abuela (que se irían, abuela y pensión, a vivir definitivamente con Paola). De este modo, buscando liquidez para llegar a fin de mes, comenzaron nuestras aventuras con la compartición de pisos. Práctica normalmente prohibida en el contrato de arrendamiento; un documento del que siempre hemos pasado olímpicamente.

El primero de los invasores de nuestra privacidad fue temporal: un hombre maduro y canoso que creo sospechar que estaba por mi madre. Vano propósito: sus posibilidades de montárselo con un pez raya en celo eran significativamente más elevadas. Encontrado domicilio a los pocos días –acababa de divorciarse y estaba sin techo–, pagó y desapareció de nuestras vidas.

Poco después llegó Mohammed, al que llamaremos “Mo” para abreviar.

Mo, de treinta primaveras, era natural de Irán. Naturalmente, era barbudo, de quemada tez, nariz aguileña, hundidos ojos e irascible gesto; islámico radical de cinco rezos diarios (incluido el de madrugada) y portador permanente de su correspondiente canto rodado, por si se terciaba lapidar a alguna adúltera que se pusiese a tiro.

Y naturalmente, el párrafo anterior es un topicazo. En realidad, Mo parecía mucho más brasileño que persa: a pesar de que, para mi gusto, su sonrisa era algo tonta, es innegable que poseía un gran atractivo masculino. Por otro lado, era más o menos igual de religioso que mi madre: cero coma cero, como en cierta publicidad de cerveza “sin”. Mo acababa de pasar por un proceso de separación similar al de nuestro anterior huésped. En su caso, algo más traumático: llegó a considerar la opción del suicidio.

Mo trabajaba de gerente de una pizzería de la que –en secreto– echaba pestes. Incluida la calidad de sus productos. Cierto día, según confesión propia, se acercó a la olla donde se estaba cocinando la masa (!) y, tras oler el mejunje, se dirigió airadamente al cocinero de turno: “Esta masa está mal, huele fatal”. El aludido realizó la misma operación ingenieril, arrugó el gesto y confirmó: “¡Es verdad!”. Y procedió a deshacerse de ella, ignoramos si ecológicamente o no.

Aparte de saber a qué establecimiento hostelero no acudir jamás, salvo que nos invadieran sentimientos suicidas comparables a los de Mo, su presencia en la tercera habitación del piso sirvió para desatar los habitualmente aletargados instintos amorosos de mi madre. Por supuesto, no estoy hablando de nada romántico: debe de haber muy pocos albañiles hispánicos que posean un índice menor de romanticismo que la dama que me dio a luz. Ya de pequeña escupía en los folletines rosas para muchachitas, para volver a sus lecturas predilectas: El Guerrero del Antifaz y Hazañas Bélicas.

No, era pura y llanamente atracción sexual. Quería pasárselo por la piedra hasta que cayera rendido. Por aquel entonces, mi madre tenía cincuenta y dos años físicos, aparentaba cuarenta y mentalmente rondaba los treinta. Mo era, físicamente, el tipo de hombre que la ponía a cien.

Pero no hubo forma de llevar a cabo esta particular Pasión Turca: él no la veía más que como una amiga. De hecho, después de haber recogido los pedacitos de su corazón y recomponerlo de forma más o menos presentable, Mo hizo uso de la bala que tenía guardada en la recámara desde los tiempos universitarios en su país natal: una señorita de la nobleza iraní que llevaba muchos años colada por sus bien formados huesos.

Y a fe que así era: apenas pasaron dos semanas entre la conferencia telefónica a cierto palacete persa y la llegada al aeropuerto de Barajas de Sherezade, a la que llamaremos She (ya que estamos con las abreviaturas).

She trajó consigo una considerable colección de joyas y abalorios, amén de vestuario como para vestir a un harén completo, que introdujimos a presión en la habitación de Mo. Aunque, siendo un ser olfativo como soy, lo que más recuerdo es su olor. No era ni desagradable ni lo contrario: simplemente exótico. Flagrancias desconocidas que me hablaban de un país increíblemente lejano.

No sólo en los aromas. She hablaba un inglés aún peor que el mío y de la boca de mi madre no salía otra cosa que castellano del barrio de Las Ventas. Pero el choque cultural vino por otros detalles más rocambolescos, por denominarlos de algún modo.

En el fregadero de la cocina. Sí, ahí mismo descubrió mi madre a She, lavando la ropa interior. Si eso era lo habitual en una mujer de alta cuna, qué no se vería en los barrios obreros.

El accidente de motocicleta que sufrí en el año 2001 borró algunos de mis recuerdos de los años noventa; entre ellos, las posteriores peripecias de Mo y su voluminosa pretendiente (sin estar objetivamente gorda, tenía agarraderos a discrección). Que, en cualquier caso, no duraron mucho. Mo ya se había habituado a la cultura española y no estaba dispuesto a aguantar los potingues con los que She embadurnaba su epidermis, así como los que llevaba dentro del cráneo. Sobre todo, cuando sabía que su atractivo natural le proporcionaría abundante material nacional, bastante menos ostentoso pero más apetecible y liberado. Y así fue como, finalmente, la despechada dama volvió a Medio Oriente, el moreno galán se buscó las habichuelas –laboral y sentimentalmente hablando– en otro lugar de nuestra geografía y la tercera habitación volvió a quedarse sin huésped.
.
.

Mi madre no volvió a meter hombres en casa.

Advertisement